Hace ya algunos meses que emprendí esta aventura de la enseñanza. Una aventura llena de satisfacciones pero también de muchas decepciones.
A veces es frustrante ver que el tiempo invertido en preparar clases, el esfuerzo mental para intentar que la lengua extranjera se aprenda como se hace con la propia, no de resultado alguno.
El otro día tenía un examen con una clase de 1º de ESO y antes de terminar de entregarles las copias ya tenía cuatro de vuelta con el nombre puesto. ¿Acaso se tomaron la molestia de leer lo que tenían delante? El día anterior les puse esos mismos ejercicios.
¿Qué está pasando? ¿Por qué esta falta de interés por todo? Ya ni siquiera pasean los libros, incluso los cuadernos y bolígrafos se quedan confinados en casa. ¿Para qué vienen al instituto?
Yo de pequeña quería ser maestra, incluso jugaba con mis hermanos a serlo y les corregía las tareas. Me gustaban mis profesores porque todos los días aprendía algo nuevo, los admiraba y pensaba que lo sabían todo.
Ahora ya no juego a ser profesora, ahora lo soy de verdad.
La primera vez que di una clase estaba aterrorizada, delante de mí tenía a veinte niños que miraban atentos cada gesto que hacía, cada paso que daba. ¡Cuánta responsabilidad!
Entonces entendí que cada día es un reto, que con cada grupo es diferente, que tienes que trabajar duro y reinventar estrategias y métodos para hacerles más fácil la asimilación de conocimientos, y que el resultado es la suma de tu esfuerzo y el de ellos.
Cuando la suma es positiva es tan gratificante, que te da igual el trabajo y el tiempo invertido en conseguirlo.
Algunos días robándole unos minutos al presente de indicativo o al imperfecto, les cuento lo importante que es estudiar (a veces me veo como un político dando un meeting, sólo que mi interés no es lucrativo), les digo que estudiar y adquirir conocimientos les da la opción de ser libres para poder elegir en la vida, les da acceso a los recursos necesarios para poder expresar lo que piensan.
¿Me estaré extralimitando al hablarles de todo eso?
Los maestros no lo sabemos todo, pero enseñamos todo lo que sabemos.
El otro día tenía que explicar un tema que a los alumnos les resulta bastante arduo y después de hacerlo y repetirlo dos o tres veces, la mayoría de la clase no sólo lo entendió, sino que les pareció fácil. Me atrevería a decir que les gustó, y que incluso alguno se fue a casa diciendo, hoy he aprendido…
Yo me fui a la mía pensando que merecía la pena seguir con esta aventura.